sábado, 30 de septiembre de 2017

An Overview of Hepatitis

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Por Dennis Sifris, MD y James Myhre | Revisado por un médico certificado por la junta
Actualizado 05 de agosto de 2016
IMPRESIÓN
La hepatitis es una enfermedad caracterizada por la inflamación del hígado. Mientras que tienden a asociarlo con infecciones virales, como la hepatitis B o C, también hay formas no virales de la enfermedad, incluyendo hepatitis autoinmune y hepatitis alcohólica.

La hepatitis puede ocurrir con o sin síntomas ya menudo puede resolver 
por sí sola sin ninguna intervención médica. Cuando los síntomas ocurren, puede haber signos reveladores tales como el amarilleo de la piel y los ojos (ictericia), una pérdida de apetito, y sentimientos de agotamiento extremo, que puede durar semanas a la vez. Hepatitis aguda y crónica  Dependiendo de la causa, la hepatitis puede presentarse como una condición aguda o crónica. La hepatitis aguda tiende a ser de naturaleza viral y suele ser autolimitada, presentando inicialmente síntomas generalizados de gripe (fiebre, dolor de cabeza, dolor en las articulaciones, náuseas) antes de manifestarse con ictericia, orina oscura (coluria) y heces de color
arcilla . También es frecuente el agrandamiento del hígado y dolor abdominal o malestar (típicamente en el cuadrante superior derecho debajo de las costillas).  Artículo entero en; https://www.verywell.com/hepatitis-4014707

domingo, 24 de septiembre de 2017

GLUTEN E INTESTINO DELGADO EN CELIAQUÍA

No hay texto alternativo automático disponible.


Pues ahí va una de las diapositivas que me he currado para explicar de forma fácil y entendible los procesos que acontecen en un intestino delgado de un celíaco cuando consume cualquier alimento con gluten y entender a partir de ahí el porqué de determinados marcadores seriológicos usados en su diagnóstico. 

Sugar Substitutes Linked to Obesity

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The artificial sweeteners that are widely seen as a way to combat obesity and diabetes could, in part, be contributing to the global epidemic of these conditions.
Sugar substitutes such as saccharin might aggravate these metabolic disorders by acting on bacteria in the human gut, according to a study published by Nature this week (J. Suez et al. Naturehttp://dx.doi.org/10.1038/nature13793; 2014). Smaller studies have previously purported to show an association between the use of artificial sweeteners and the occurrence of metabolic disorders. This is the first work to suggest that sweeteners might be exacerbating metabolic disease, and that this might happen through the gut microbiome, the diverse community of bacteria in the human intestines. “It’s counter-intuitive — no one expected it because it never occurred to them to look,” says Martin Blaser, a microbiologist at New York University.
The findings could cause a headache for the food industry. According to BCC Research, a market-research company in Wellesley, Massachusetts, the market for artificial sweeteners is booming. And regulatory agencies, which track the safety of food additives, including artificial sweeteners, have not flagged such a link to metabolic disorders. In response to the latest findings, Stephen Pagani, a spokesman for the European Food Safety Authority (EFSA) in Parma, Italy, says that, as with all new data, the agency “will decide in due course whether they should be brought to the attention of panel experts for review”.

A team led by Eran Elinav of the Weizmann Institute of Science in Rehovot, Israel, fed mice various sweeteners — saccharin, sucralose and aspartame — and found that after 11 weeks, the animals displayed glucose intolerance, a marker of propensity for metabolic disorders.
To simulate the real-world situation of people with varying risks of these diseases, the team fed some mice a normal diet, and some a high-fat diet, and spiked their water either with glucose alone, or with glucose and one of the sweeteners, saccharin. The mice fed saccharin developed a marked glucose intolerance compared to those fed only glucose. But when the animals were given antibiotics to kill their gut bacteria, glucose intolerance was prevented. And when the researchers transplanted faeces from the glucose-intolerant saccharin-fed mice into the guts of mice bred to have sterile intestines, those mice also became glucose intolerant, indicating that saccharin was causing the microbiome to become unhealthy.
Elinav’s team also used data from an on­going clinical nutrition study that has recruited nearly 400 people in Israel. The researchers noted a correlation between clinical signs of metabolic disorder — such as increasing weight or decreasing efficiency of glucose metabolism — and consumption of artificial sweeteners.
But “this is a bit chicken-and-egg”, says Elinav. “If you are putting on weight, you are more likely to turn to diet food. It doesn’t necessarily mean the diet food caused you to put on weight.”
So his team recruited seven lean and healthy volunteers, who did not normally use artificial sweeteners, for a small prospective study. The recruits consumed the maximum acceptable daily dose of artificial sweeteners for a week. Four became glucose intolerant, and their gut microbiomes shifted towards a balance already known to be associated with susceptibility to metabolic diseases, but the other three seemed to be resistant to saccharin’s effects. “This underlines the importance of personalized nutrition — not everyone is the same,” says Elinav.

He does not yet propose a mechanism for the effect of artificial sweeteners on the micro­biome. But, says Blaser, understanding how these compounds work on some species in the gut might “inspire us in developing new therapeutic approaches to metabolic disease”.
Yolanda Sanz, a nutritionist and vice-chair of the EFSA’s panel on dietetic products, nutrition and allergies, says that it is too soon to draw firm conclusions. Metabolic disorders have many causes, she points out, and the study is very small.
This article is reproduced with permission and was first published on September 17, 2014.

Un estudio indica que ratas alimentadas con transgénicos tienen más tumores

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El trabajo es el primero que señala un riesgo real en estos cultivos

La Agencia Europea de Seguridad Alimentaria investigará los resultados

Muchos científicos dudan del rigor del trabajo.


Los tumores del tamaño de una pelota de ping-pong detectados en ratas alimentadas con maíz transgénico por un equipo de investigadores podrían convertirse en la primera prueba científica de los riesgos asociados a los alimentos modificados genéticamente. “Por primera vez en el mundo, se ha evaluado un transgénico y un pesticida por su impacto en la salud de una forma más amplia que la realizada hasta ahora por los Gobiernos y la industria. Los resultados son alarmantes”, ha señalado Gilles-Eric Séralini, director del estudio realizado por la Universidad de Caen, en el oeste de Francia, y publicada por la revista Food and Chemical Toxicology.
Los científicos franceses han investigado durante dos años a 200 ratas de laboratorio a las que han dividido en tres grupos: las que alimentaron con el maíz transgénico NK603 en distintas proporciones (11%, 22% y 33% de su dieta), aquellas a las que además le suministraron Roundup, el herbicida al que la modificación genética las hace resistentes; y los roedores que crecieron tan solo con maíz no transgénico. Los resultados son que pasados 17 meses desde el comienzo del estudio, habían muerto cinco veces más animales masculinos alimentados con el maíz modificado genéticamente.
La revista Food and Chemical Toxicology ha publicado otros estudios elaborados por la empresa estadounidense Monsanto –fabricante tanto del transgénico como del herbicida analizados- en los que se niega la toxicidad de los alimentos transgénicos, pero siempre sobre con un periodo de análisis de 90 días, mientras que en esta investigación el plazo se ha ampliado a dos años. “Los resultados revelan mortalidades más rápidas y más fuertes en las ratas que han consumido los dos productos”, asegura Séralini.
Los efectos del estudio han llegado de inmediato. El ministro de Agricultura de Francia, Stéphane Le Foll, ha reclamado que los procedimientos de homologación de alimentos transgénicos en la UE sean más estrictos. París ya había activado en febrero de 2008 una “cláusula de salvaguarda” para saltarse el visto bueno de las autoridades europeas al maíz transgénico MON810 fabricado por Monsanto.
El eurodiputado verde, José Bové, uno de los mayores opositores a los productos modificados genéticamente en la Cámara Euroepa, ha pedido a Bruselas que suspenda inmediatamente la autorización de este tipo de alimentos. La Comisión Europea respondió que ha pedido a la agencia encargada de la seguridad alimentaria que examine los resultados del estudio. “Si se demuestran científicamente estos hechos, extraeremos nuestras consecuencias”, aseguró un portavoz comunitario. El primer efecto podría ser congelar la petición de Monsanto para renovar el permiso para cultivar su semilla transgénica MON 810.
Pero la rotundidad del estudio no ha convencido a todos. Para empezar, por el perfil del principal investigador, conocido por sus posturas antitransgénicos y por haber participado en el grupo de expertos del Gobierno francés para oponerse a la posibilidad de que se introdujeran más variedades de estos cultivos.
El profesor de la Universidad Autónoma de Madrid e investigador y director de Cultura Científica del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa José Antonio López Guerrero muestra muchas dudas sobre el trabajo. “Es la primera vez que se publica uno con estos resultados, y la revista no es de un gran índice de impacto”, dice como primera salvaguarda. Pero, sobre todo, él opina –y afirma que lo ha comentado con colegas- que “el trabajo parece muy sesgado”. “Sería deseable que se repitiera con controles mejores y en más número. Con los del artículo, no se pasaría un análisis estadístico serio. Parece que todo estaba diseñado para dar estos resultados”, dice. En esta línea, apunta a que el animal elegido parece hecho a propósito para que presentara anomalías. “Yo he trabajado con ese tipo de rata, la Dawley, y es muy sensible a las mutaciones”, añade. Pero, sobre todo, su argumento base, que es el que le hace dudar –“que no rechazar de plano hasta que haya más comprobaciones”- es que “en Estados Unidos, en 20 años, no ha habido ni un solo caso de ingreso hospitalario por consumo de transgénicos”. “En cambio”, apunta como contraste, “cultivos ecológicos como el de los brotes de soja en Alemania que causaron la falsa crisis del pepino han acabado con muertos”.
El trabajo me parece muy sesgado", afirma un investigador español
En la web de información científica Science Media Centre, Maurice Moloney, del Instituto de Investigación Rothamsted, coincide en las críticas al ensayo. “Aunque el artículo ha sido publicado en una revista con revisión por pares [otros científicos], hay anomalías que deberían haber sido resueltas durante ese proceso. Para un texto con un hallazgo potencialmente tan importante, habría sido más satisfactorio haber visto algo con un análisis estadístico más convencional”, escribe Moloney. El investigador describe los fallos metodológicos y abunda en que el animal escogido tiene una gran tendencia a presentar tumores en cualquier circunstancia (y que, de hecho, también aparecieron en los grupos de control).
Coincide con él David Spiegelhalter, de la Universidad de Cambridge: “No estoy dispuesto a aceptar estos resultados a no ser que se repliquen [que otros grupos científicos los repitan] de manera apropiada”, ha escrito. Wendy Harwood, del John Innes Centre, coincide en las críticas, aunque señala que hay una parte del estudio que parece más sólida: el riesgo de consumir el insecticida.
Curiosamente, el fabricante del maíz, Monsanto, ha tenido una reacción más cauta. “De la misma forma que nosotros nos tomamos muy en serio todas las reclamaciones dirigidas a nuestros productos, nos gustaría que éstas mantuviesen el mismo nivel de escrutinio científico que nuestros productos. No es la primera vez que se reciben denuncias por parte de estas mismas personas así como de otros grupos de presión que no cumplen con estos criterios. Las denuncias presentadas con anterioridad han sido rechazadas, posteriormente, a través de otros artículos revisados por otros científicos así como por la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA)”, indica la multinacional en una nota.
Monsanto afrma que ya otras veces los ensayos han sido desmentidos
De hecho, la EFSA publicó su último informe sobre este tipo concreto de maíz transgénico en junio de 2009, y las conclusiones fueron que “es tan seguro en lo que se refiere a los efectos sobre la salud humana y animal y el medio ambiente como su contraparte, el maíz convencional”. Más tarde ha rpetido esta evaluación hasta tres veces (la última en septiembre de 2011), esta vez al discutir la seguridad de este producto en combinación con otras variantes transgénicas de maíz.
Monsanto añade que “desde su aprobación, un gran número de artículos científicos sobre cultivos biotecnológicos han confirmado, de forma reiterada, la seguridad de nuestros productos, lo que ha servido para que la compañía haya obtenido la aprobación de las distintas autoridades regulatorias alrededor de todo el mundo”.

lunes, 4 de septiembre de 2017

Antibiotic treatment in patients with chronic low back pain and vertebral bone edema (Modic type 1 changes): a double-blind randomized clinical controlled trial of efficacy.

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Abstract

PURPOSE: Modic type 1 changes/bone edema in the vertebrae are present in 6 % of the general population and 35-40 % of the low back pain population. It is strongly associated with low back pain. The aim was to test the efficacy of antibiotic treatment in patients with chronic low back pain (>6 months) and Modic type 1 changes (bone edema).
METHODS: The study was a double-blind RCT with 162 patients whose only known illness was chronic LBP of greater than 6 months duration occurring after a previous disc herniation and who also had bone edema demonstrated as Modic type 1 changes in the vertebrae adjacent to the previous herniation. Patients were randomized to either 100 days of antibiotic treatment (Bioclavid) or placebo and were blindly evaluated at baseline, end of treatment and at 1-year follow-up.
OUTCOME MEASURES: Primary outcome, disease-specific disability, lumbar pain. Secondary outcome leg pain, number of hours with pain last 4 weeks, global perceived health, EQ-5D thermometer, days with sick leave, bothersomeness, constant pain, magnetic resonance image (MRI).
RESULTS: 144 of the 162 original patients were evaluated at 1-year follow-up. The two groups were similar at baseline. The antibiotic group improved highly statistically significantly on all outcome measures and improvement continued from 100 days follow-up until 1-year follow-up. At baseline, 100 days follow-up, 1-year follow-up the disease-specific disability-RMDQ changed: antibiotic 15, 11, 5.7; placebo 15, 14, 14. Leg pain: antibiotics 5.3, 3.0, 1.4; placebo 4.0, 4.3, 4.3. Lumbar pain: antibiotics 6.7, 5.0, 3.7; placebo 6.3, 6.3, 6.3. For the outcome measures, where a clinically important effect size was defined, improvements exceeded the thresholds, and a trend towards a dose-response relationship with double dose antibiotics being more efficacious.
CONCLUSIONS: The antibiotic protocol in this study was significantly more effective for this group of patients (CLBP associated with Modic I) than placebo in all the primary and secondary outcomes.

How humans and their gut microbes may respond to plant hormones

A bowl of salad contains more than vitamins and minerals. Plant matter also includes remnants of the hormones plants produce to control how they grow, age, and manage water intake. Recently, scientists have reported that our gut microbes and cells may respond to these hormones and even produce similar molecules of their own. In an opinion article published August 22 in the journal Trends in Plant Science, researchers in France explore how plant hormones may influence human health.
"We know that gut microbiota are involved in human diseases, and that microbes can biosynthesize plant hormones that affect humans, so it makes sense to investigate animal-microbe interactions from the perspective of plants," says senior author Benoît Lacombe of France's Centre National de la Recherche Scientifique.
For instance, gut microbes and dietary factors have been tied to inflammatory bowel disease and similar afflictions, though the precise mechanisms remain unknown. The plant hormone abscisic acid (ABA), which is synthesized to alert the plant to drought conditions, can worsen inflammation, while another set of hormones, gibberellic acids (GAs), reduce inflammation.
The researchers suggest, therefore, that synthesis of these hormones by gut microbes could be responsible for their complicated and contradictory impact on inflammatory diseases. They also add that GA-rich diets, which might include grains and spinach, could be used to combat inflammatory disorders.
"What is fascinating is that people already turn to microorganisms to increase their health - that's what you're doing when you use probiotics," Lacombe says. "But we don't truly understand why some of these probiotics work and others don't - if they are regulated by plant hormones, then ingesting those hormones in seeds and vegetables could have the same outcome."
Another example of plant hormone impact on human health is the stimulation of increased glucose uptake by ABA. For that reason, the researchers note that consuming ABA-rich fruits and vegetables such as apricots, which they have particularly studied, as well as apples, carrots, and sweet potatoes could help alleviate aspects of diabetes. Another plant hormone, indole acetic acid (IAA), kills off cancer cells upon exposure to high-energy excited dyes in photodynamic therapy. The researchers add that certain plant hormones including IAA should be further studied for anti-tumor action, given that they alter the cell cycle in ways promising for eliminating cancerous cells.
As for why hormones that keep plants healthy and strong also have a variety of consequences for humans, the researchers say that similarities in molecular shapes are one plausible cause. "The most likely explanation is that plant hormones are structurally related to some metabolites in animals, including humans," Lacombe says, "Maybe you take aspirin, for example, to stop pain and inflammation - the aspirin molecule looks a lot like the salicylic acid molecule, which as a hormone does many things for plants."
Co-evolution could also be part of the explanation. "We have evolved in an environment including plants and microbes while consuming plant hormones," says first author Emilie Chanclud (@emchanclud), a postdoctoral researcher previously at the Institut National de la Recherche Agronomique, and now at The Sainsbury Laboratory in the United Kingdom. "We have IAA and ABA in our body, and even if we don't know where they come from, we may have evolved ways to respond to them over time."
Though the researchers caution that more work is needed to establish plant hormones as the cause of microbial action, as well as to investigate whether the digestive process limits their function, they say that plant hormones can reframe how we think about nutrition. "We are talking about a different way to evaluate the nutritive quality of fruits, vegetables, and grains by considering plant hormones rather than broad classifications like fats and fibers," Lacombe says.