miércoles, 9 de septiembre de 2015

"La ciencia sigue la pista de la paradoja francesa"

A finales de los años 80, en pleno auge de los grandes estudios de observación, se detectó algo extraño en la salud de los galos que se dio en llamar la paradoja francesa. Por aquel entonces se publicaron las primeras conclusiones del estudio MONICA, un enorme proyecto con datos de más de 15 millones de personas de más de veinte países. Toda esa información serviría para dilucidar qué factores estaban ligados a problemas cardiovasculares –como infartos o ictus– y tomar las medidas oportunas.

Algunas cosas ya se conocían. A más colesterol y consumo de grasas saturadas, mayor riesgo. Pero algo no cuadró: Francia era uno de los países donde más grasas de este tipo se consumían: en la mantequilla, en los quesos, en su foie gras. Sin embargo, los franceses apenas morían por infartos. De hecho, su riesgo cardiovascular era entre cinco y diez veces más bajo que el de sus vecinos ingleses y prácticamente la mitad que el de los estadounidenses. Todo esto, sin que hubiera diferencias sustanciales en cuanto a sus niveles de colesterol, su peso, su tensión arterial o el número de cigarrillos que fumaban. 

¿Qué protegía a los franceses?
Sin intrigas: el vino. Ese era el ingrediente protector, según Serge Renaud, investigador francés al que se considera como el ‘padre’ de la paradoja. Renaud creía que, si no toda, gran parte de ella se debía a que la mayoría de los franceses son consumidores habituales de vino, sobre todo tinto, y que este, a dosis moderadas, tenía efectos beneficiosos sobre la salud cardiovascular.

Su propuesta no era más que una conjetura basada en estudios epidemiológicos, que servía para formular hipótesis, pero no para demostrarlas. Este tipo de trabajos son proclives a caer en la falacia ecológica: una falsedad resultante de un análisis incompleto, de una recogida insuficiente de datos o de una correlación azarosa y no causal. Eso es lo que piensan los críticos de la paradoja: que en realidad no existe. Por ejemplo, porque los datos sobre la dieta de los franceses fueron recabados en los años 80, pero cabe pensar que también sería importante la dieta anterior, que en los 60 no parecía incluir tantas grasas. También por otros factores que no se tuvieron en cuenta, como el consumo de pescado. O incluso porque tomar vino puede asociarse a un mayor estatus económico y, por tanto, a un mejor acceso a medicinas.

Real o no, lo que consiguió la paradoja francesa fue disparar el número de estudios sobre los posibles beneficios del vino que, en general, han dictado un informe favorable: A día de hoy se acepta que el consumo moderado de vino, especialmente tinto, contribuye a reducir el riesgo cardiovascular.

Está probado que los efectos del vino sobre el corazón dibujan una curva en J. Imagine que el extremo izquierdo de la letra es su riesgo cardiovascular. Si bebe un poco de vino cada día –empiece a escribir la J– es posible que ese riesgo disminuya, pero en cuanto se exceda un poco –complete la letra– el riesgo aumentará. Y lo hará de una forma exponencial, como el trazo de la jota. 

¿Pero cómo podría un poco de vino producir esos beneficios? En última instancia no se conoce el mecanismo exacto, pero hay bastantes pistas, eso sí. Básicamente son dos los componentes que pueden estar actuando: el alcohol y los polifenoles, un conjunto de sustancias antioxidantes en las que el vino tinto es especialmente rico. El alcohol en pequeñas dosis aumenta el colesterol ‘bueno’ HDL, y como si fuera una pequeña aspirina, inhibe la agregación plaquetaria que ya estudiaba Renaud. Por su parte, los polifenoles también actúan sobre las plaquetas, tienen propiedades antiinflamatorias y disminuyen el colesterol LDL oxidado.

Se desconoce cuál de estos mecanismos es más importante, pero sí parece que lo más eficaz es la combinación de alcohol y polifenoles, porque el primero parece mejorar la absorción de los segundos y, sobre todo, porque cuando se han hecho estudios con vino sin alguno de los dos componentes, los beneficios son inferiores. Eso explicaría por qué el tinto, con más polifenoles que el blanco, parece más eficaz que la cerveza, que tiene menos antioxidantes; y esta que la ginebra, que prácticamente solo actúa a través del alcohol. Sin embargo en España se producen miles de vinos distintos, con gran variabilidad en su composición,de ahí lo difícil que resulta establecer la relación riesgo/beneficio. Lo fundamental es vigilar la dieta y hacer ejercicio. Eso sí, a los pacientes que llevan hábitos saludables y que preguntan si pueden tomar algo de vino, les digo que sí.

De entre todo el abanico de polifenoles que contiene el vino, intentó buscarse cuál era el fundamental, aquel cuya producción a gran escala pudiera, si no igualar, al menos asemejar sus beneficios sin sus peligros. Ya desde el primer momento uno destacó por encima de todos: el resveratrol, un antimicrobiano que la uva produce para defenderse cuando percibe una agresión. Por eso, los vinos poseen concentraciones muy variables, según los ataques que hayan sufrido. Una botella contiene entre 0,2 y 5,8 miligramos. Su salto definitivo y espectacular llegó en 2003, cuando se describió que el resveratrol activaba las sirtuinas –unas proteínas centrales en la maquinaria celular– y reproducía todos los efectos de la restricción calórica, al menos en levaduras. Poco menos que la panacea universal.

La restricción calórica, que consiste en disminuir aproximadamente el 30% de las calorías que ingerimos, ha demostrado en animales inferiores que mejora el metabolismo, protege del cáncer, ralentiza el envejecimiento y prolonga la vida. El resveratrol parecía ser la pastilla que podía mimetizarlo sin tremendo sacrificio dietético. Por si fuera poco, también explicaría la mayoría de los efectos beneficiosos del vino. Sin embargo, el castillo de naipes se fue derrumbando. El resveratrol no alarga la vida de los ratones y ni siquiera parece capaz de activar las sirtuinas. Primera carta fuera. Además, el principal ensayo que se hizo para probar su efecto anticancerígeno tuvo que suspenderse. Con las dosis utilizadas no solo no parecía eficaz, sino que dañaba los riñones en pacientes con mieloma. Aunque su papel contra el cáncer –la segunda carta– no se ha desechado, la gran esperanza está ahora en su acción cardiovascular.

Es cierto que el resveratrol ha demostrado algunos beneficios bioquímicos respecto a la prevención cardiovascular, pero todavía no hay datos clínicos que nos digan si es eficaz. Eso sí, sea útil o no y hasta qué punto, parece evidente que nadie es capaz de discutir aún la frase de Renaud: “No esperes una pastilla que sustituya una buena dieta. No existe tal cosa”.

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