miércoles, 23 de mayo de 2012

Resistencia a la insulina y acidosis (más de lo mismo)



Según el tercer informe nacional de Salud y Nutrición realizado en EEUU, el 25% de la población padece este trastorno, el síndrome metabólico, un conjunto de patologías que, unidas, pueden causar más daño que si se presentaran en forma individual.

La Organización Mundial de la Salud y la Asociación Estadounidense de Endocrinólogos Clínicos estiman que se puede establecer su diagnóstico cuando se presenten de manera conjunta diabetes, dislipidemia, hipertensión arterial, insulinorresistencia y obesidad. En la práctica, cuando un paciente presenta al menos tres de estos factores, ya se puede diagnosticar la existencia del síndrome, que provoca un mayor riesgo de sufrir un ataque cardíaco o una enfermedad arterial coronaria, y cuyo tratamiento se basa especialmente en la prevención y unos hábitos de vida saludables.
Fue un médico, Gerald Reaven, quien en 1988 definió como síndrome metabólico a una serie de factores de riesgo coronario que incluían la intolerancia a la glucosa, hiperinsulinemia, hipertensión arterial y un perfil lipídico alterado con un aumento de los triglicéridos y un descenso de las lipoproteínas de alta densidad (HDL). Estudios posteriores han mostrado que se pueden agregar otras alteraciones como la obesidad abdominal, la presencia de lipoproteínas de baja densidad (LDL) pequeñas y densas, y un incremento en las concentraciones de ácido úrico.

LAS CAUSAS

Muchos investigadores creen que este trastorno es genético y se transmite de una generación a la siguiente, y son mayores las posibilidades de padecerlo si se tienen enfermedades como la diabetes y la hiperinsulinemia. El origen de este trastorno está también en el estilo de vida actual, con unos hábitos de alimentación incorrectos y un escaso ejercicio físico, a lo que se puede sumar un elevado nivel de estrés. Es un hecho cierto que padecer este síndrome está relacionado con un incremento significativo del riesgo de diabetes, enfermedades coronarias y enfermedades cerebrovasculares.

El trastorno metabólico afecta cada vez a un mayor número de personas y, según muestra el tercer informe nacional de Salud y Nutrición realizado en EEUU, el 25% de la población lo padece. Los datos de prevalencia son también preocupantes, de un 24% en adultos menores de 20 años, de un 30% entre los adultos menores de 50 años, y del 40% en los menores de 60 años.

LOS SÍNTOMAS

Estos serían una conjunción de ciertos factores, como la obesidad central, la intolerancia a la glucosa, la diabetes tipo II, niveles elevados de LDL y triglicéridos, niveles bajos de HDL e hipertensión arterial.
Las variables o factores de riesgo relacionados más estrechamente con el síndrome metabólico incluyen la edad (las probabilidades aumentan con la edad), el origen étnico (afroamericanos y mexicanos son más propensos a desarrollarlo), el índice de masa corporal superior a 25 (sobrepeso), antecedentes familiares o personales de diabetes, el tabaquismo, tener antecedentes de beber en exceso, el estrés o el estado postmenopáusico.

El síndrome metabólico, además, puede provocar la aparición de varios trastornos de diversa índole como el síndrome de ovario poliquístico, hígado graso, los cálculos biliares por el colesterol, asma, alteraciones del sueño e incluso algunos tipos de cáncer. Por ello es muy importante diagnosticar con rapidez la presencia de este trastorno.

TRATAMIENTO

La pérdida de peso tiene una importancia fundamental y diversos estudios han demostrado que incluso una reducción moderada de peso está asociada a una mejoría significativa en la hipertensión, dislipemia y niveles de glucosa. Los expertos aconsejan una baja ingesta de grasas saturadas, grasas trans y colesterol, así como una reducción en la ingesta de azúcares simples. Por el contrario, debe aumentar el consumo de frutas, de vegetales y de granos enteros. Más controvertida es la cuestión relativa a la cantidad de hidratos de carbono que se deben ingerir y las grasas no saturadas, y mientras algunos investigadores están a favor de una baja ingesta en grasas, otros recomiendan dietas con alto contenido graso. Lo que no duda ningún experto es en recomendar a sus pacientes que eviten los dulces y golosinas, que dejen de fumar y reduzcan el consumo de bebidas alcohólicas.

A una dieta sana hay que añadir, además, la práctica de ejercicio físico aeróbico, de forma regular, sobre todo caminar, siempre que no existan complicaciones mayores que lo desaconsejen. Sólo se debe prescribir medicación cuando el resto de medidas son insuficientes.
NUTRICION Y ENFERMEDADES METABÓLICAS: PILARES BASICOS
Para valorar el papel de la nutrición como elemento terapéutico, debemos retomar el concepto de enfermedad.
Según Reckeweg, la enfermedad no es sino el intento del organismo de defenderse de las homotoxinas endógenas o exógenas. Para ello utiliza los mecanismos de la excreción, reacción (inflamación, fiebre...) y deposición. Nosotros cuando nos referimos a estos primeros estadios, hablamos de enfermedades de ajuste.
Cuando la enfermedad avanza se expresa como resultado de daños tóxicos que, igualmente, el organismo intenta compensar con el fin de restablecer en lo posible la homeostasis. Así, cuando estamos a la derecha del corte biológico, hablamos de las fases de impregnación, degeneración y neoplasia donde observamos daños estructurales a nivel celular.
Podemos considerar el organismo humano como un sistema de flujo controlado cibernéticamente. Las sustancias tóxicas que ingresan en el sistema activan sus mecanismos de defensa con la finalidad de restablecer el equilibrio de flujo alterado. Así la enfermedad sería la manifestación de los mecanismos de defensa.
En la medicina sintomática, los medicamentos son: antagónicos, de sustitución, de aporte, de supresión, de compensación, de tipo placebo...
y así podemos “neutralizar” el dolor, las convulsiones, hacer que el páncreas “funcione” cuando no produce insulina... es decir, con la visión sintomática estaríamos sólo “parcheando” al paciente.
Por el contrario, la Medicina Biológica con sus diferentes métodos terapéuticos, como son: la nutrición, los preparados antihomotóxicos, la terapia neural, los preparados ortomoleculares (antioxidantes), los elementos probióticos... tendría una finalidad biológica. Estaríamos hablando de una medicina no sintomática sino causal.
Curar sería restablecer ese equilibrio interno, liberar al organismo de homotoxinas, volver a poner en funcionamiento los sistemas enzimáticos bloqueados... en una palabra, crear las condiciones de homeostasia que se definen en la salud.
LA SALUD
La OMS define la salud como el bienestar físico, psíquico y social.
Podemos explicar también el concepto de salud como un estado de armonización activa con nuestro medio ambiente, un estado de disfrutar con muchas otras personas, en una constante creatividad y progreso.
Podemos igualmente definir la salud de una forma cuantitativa utilizando elementos de medida que nos dan la biología, la química y la física.
Podemos medir las constantes del medio interno que definen la homeostasis.
Desde este punto de vista, la salud se puede medir con cuatro parámetros importantes:
pH

Es el factor de ionización. Nos permite medir el estado ácido o alcalino y su valor se halla entre 0 y 14. El valor 7 representa la neutralidad.

rH2

Es el coeficiente de oxidación-reducción o factor de electronización. Valores entre 0 y 28 nos indican estados reducidos, mientras que entre 28 y 42 nos hablan de estados oxidados.

ρ
La resistividad nos permite establecer la concentración de electrolitos en una solución, es decir, su contenido en sales.

La relación Na/K

Este parámetro nos va a permitir hacer una valoración cuantitativa del aspecto energético yin-yang de la MTCH.

Estos cuatro factores pueden ser evaluados en la sangre, la saliva y la orina, de tal modo que su interpretación nos permite valorar las condiciones del terreno.

La biología nos enseña cómo la temperatura es un factor limitante en el desarrollo de las plantas. Esto es válido para todos los seres vivos, tanto vegetales, animales o el propio ser humano.

La química igualmente nos habla de que la vida de cada ser vivo se desarrolla entre unos estrechos límites de pH.

En el caso de los seres humanos, el pH sanguíneo en condiciones de equilibrio debe oscilar entre 7,30 y 7,45 y cuando nos encontramos en otros rangos más ácidos o más alcalinos, estamos en un terreno que favorece el desarrollo de diversos agentes patógenos: bacterias, virus...

Son alimentos acidificantes: las harinas refinadas, los aceites refinados, los tomates, el vinagre, las bebidas alcohólicas, la miel, la carne, los huevos, el pescado y, en menor medida, los cereales, las legumbres, las semillas oleaginosas y los frutos secos.

Todos los alimentos que nos presenta la naturaleza en forma de grano (cereales, legumbres, semillas), tienen carácter equilibrador como iremos viendo más adelante. Son ligeramente acidificantes porque son constructores y por tanto imprescindibles en la dieta diaria.

Un exceso de alimentos acidificantes produce un estado de desmineralización.

La falta de minerales suficientes se manifiesta en forma de desequilibrios emocionales y nerviosos, caries dental, piorrea, sangrado de encías, uñas quebradizas, caída del cabello, dolores menstruales, desórdenes pancreáticos, debilidad renal, transpiración excesiva y debilitamiento general de todo el organismo.

Son alimentos alcalinizantes: las verduras, las frutas neutras, las plantas medicinales, la sal, las algas, el miso y el tamari.

No es fácil tener un exceso de alcalinidad a no ser por vómitos repetidos o como consecuencia de una hiperventilación pulmonar.

Una dieta excesivamente rica en frutas y verduras podrá ser causa de alcalosis, pero las personas que hacen esas dietas vegetarianas, suelen equilibrar el exceso de álcalis consumiendo cantidades importantes de dulces (acidificantes).

No debemos caer en el error de consumir alimentos alcalinizantes exclusivamente, sólo el balance total de la dieta debe ser alcalinizante. Los alimentos constructores (ricos en proteínas) tienen todos efecto acidificante, tanto los vegetales como los animales, y son parte fundamental e imprescindible cuando queremos nutrir y deben ser correctamente equilibrados por las verduras.

En resumen:

Debemos consumir alimentos integrales, es decir, completos, ya que el refinado hace que el contenido mineral de los alimentos disminuya.

Un alimento integral es un alimento entero, completo, no refinado.

Cuando se refinan el trigo y el arroz disminuye la cantidad de minerales, de oligoelementos y de vitaminas. Desaparece la fibra esencial para un buen funcionamiento del intestino y desaparecen los ácidos grasos esenciales presentes en el germen, así como la energía vital o capacidad de germinación. Es decir, el refinado de los cereales nos deja un producto muerto y desequilibrado nutricionalmente.
REEQUILIBRIO DEL TERRENO OXIDADO
Los cereales integrales son especialmente importantes porque la envoltura y el germen de los granos contienen factores vitamínicos (vitaminas del grupo B), oligoelementos y enzimas activadoras del metabolismo. Recordemos que las vitaminas del grupo B favorecen la regulación de los parámetros bioelectrónicos, particularmente el rH2.
Los cereales deben ser integrales y biológicos. Todo alimento biológico está producido sin adición de abonos químicos.
La adición de sustancias químicas a los suelos disminuye el contenido en vitaminas y en proteínas, asimismo disminuye el contenido en
magnesio y aumenta desproporcionadamente el contenido en potasio. Es decir, un alimento natural, cultivado con abonos químicos, contiene menos elementos nutritivos y más agua.

Es por ello por lo que debemos escoger alimentos cultivados con abonos orgánicos, naturales, como el estiércol.
REEQUILIBRIO DE LA RESISTIVIDAD

Cuando la resistividad de la sangre es demasiado elevada, indica una sobrecarga de electrolitos en orina y como consecuencia, una insuficiencia renal. No se puede mejorar la condición de la sangre si no se mejora la condición del riñón antes. Por ello debemos evitar el consumo de alimentos "pesados" como los embutidos, salazones, huevos, así mismo reduciremos la utilización de formas de cocción endurecedoras como la plancha, la parrilla y el horno.

Debemos aumentar moderadamente el consumo de agua débilmente mineralizada y de verduras suavemente diuréticas como la cebolla, la calabaza y el nabo, además consumiremos sopas de legumbres como alternativa a las carnes.

Es muy conveniente aplicar compresas calientes en los riñones.

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